sábado, 21 de enero de 2012

Les Bontemps




Los fuegos artificiales  me habían entusiasmado desde pequeño, y creo que esa fue la única razón por la que me encontraba pasando frío en lo alto de un rascacielos, en una azotea adornada con cursis guirnaldas de papel naranja y blanco de tacto horroroso, con la cabeza como un bombo a causa de la copa que tenía en la mano, de la música, y de lo que no era ni lo uno ni lo otro. Siempre había considerado la última noche del año como una excusa fácil para amparar en la alegría y el estruendo catártico de la celebración las más bajas y depravadas pasiones del rebaño de ovejitas luceras que pastaba en el asfalto de Metrópolis. En cierta forma el alcohol de mi copa y el ritmo sureño de la orquesta que Richard Creek y su prometida habían contratado de,  según ellos el garito de moda entre la sociedad criolla de Nueva Orleans, atemperaban en cierta forma el frío. Y mi acompañante también, aunque no ayudaba mucho el apetito social que se gastaban los tirabuzones rubios que entraron de mi brazo a la fiesta, y que parecían desesperados por presentarme a todos y cada uno de los invitados a aquella reunión. Todo el jaleo que estaban formando y no llegarían ni a la veintena. Borrachos y pijos.

La azotea era una especie de patio delantero del elegante loft que hacía las veces de nidito de amor a los Creek, situado a una elegante altura de cuarenta plantas y coronando el edificio de la sede central de la Creek&Bontemps Company.  Querían hacer una cena de despedida del año, pero ante la negativa de buena parte de los asistentes, y tras comerse la cabeza más de lo que yo lo hubiese hecho, vieron que traía más a cuenta descorchar unas cuantas botellas de Bontemps y ponerlos a todos a pasar frío. Además creo que en su insistencia influyó que hubiesen contratado  la banda desde hacía tres meses.

La gente se arremolinaba en grupos  con copas en las manos charlando, algunos demasiado animados,  sobre temas carentes del más mínimo interés para mí o para cualquier persona que tuviera un mínimo de sobriedad en el pecho. Yo estaba apoyado en la barandilla, mirando hacia abajo, hacia la calle, viendo como las lucecitas de las hormiguitas de allá abajo se apretujaban cada vez más rápido, con el repetido pensamiento de estar con los suyos cuando el año nuevo entrase.  Desde allí arriba tenía una falsa sensación de poder sobre aquellas alimañas que iban con prisas con sus crías y  las compras de los preparativos para la cena. Pero no tenía lupa, ni rayos de sol que la atravesara, y tenía un dolor de cabeza de esos de campeonato gracias a un grupo de barbies que revoloteaban  en mi misma barandilla y se comunicaban entre ellas como auténticos animalitos selváticos. Por lo de animales me refiero a cotorras y no a zorras. Aunque también.

De vez en cuando Martha venía, me daba un beso y me preguntaba que cómo lo estaba pasando. Siempre que empezaba a hablar con ella nos interrumpía la señorita Elisabeth Creek,  requiriéndola para una cosa u otra. Y cada vez la chorrada era mayor que la anterior.  Supongo que eso era lo que implicaba haber vivido juntas todos los años de la facultad. Esas experiencias unen mucho, pero gracias al de arriba que yo nunca las tuve. 

Sin previo aviso, un cambio de viento vino acompañado por un silencio de la banda. Los músicos terminaron de tocar el último tema del año, sudorosos pese al frío, bebiendo ávidos las botellas de cristal con agua que tenían cerca. La cantante se retiró unos momentos para intercambiar unas palabras con el batería. Todos los asistentes se miraron casi al unísono los relojes, y una luz iluminó los rostros de todos los asistentes.  Por las manecillas de sus relojes  jugueteaban los últimos momentos del año 1940, evaporándose como polillas consumidas por el fuego en pleno vuelo.  Faltaba un minuto para la medianoche.

Busqué a Martha con la mirada entre los asistentes, que ya empezaban a prepararse para despedir al  año que terminaba en escasos momentos. Me vio y se acercó corriendo, con dos copas de champán vacías para el primer brindis del año. Me abrazó y me dijo algo que no escuché por el barullo que ya  empezaba a levantarse como una nube de polvo sobre la azotea del rascacielos donde estábamos. Yo me limité a apretarla contra mi pecho y a apoyar mi barbilla contra su rubia cabeza. Y mi cerebro cansado me volvió a jugar una mala pasada. Me acordé de ella por unos momentos, y un corte frío dividió mi corazón en dos perfectos hemisferios: uno para Martha, y el otro para ella…

Richard se subió al escenario y pidió la atención de los presentes. Caras sonrientes. Cuenta atrás.

Cinco

Había pasado tanto tiempo…

Cuatro

Estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado…

Tres

Solo entre toda una multitud de gente

Dos

Tan cerca y tan lejos de la persona a la que tenía cogida de la mano

Uno

Te…te necesito

Una explosión orgásmica de júbilo estalló de repente como una bomba de serpentinas y confeti. Gritos y felicitaciones empezaron a llenar el aire, como las burbujas del champán que empezaba a llenar las estilizadas copas, que se vistieron de oro brillante, en perfecta comunión con las notas escurridizas y potentes del primer jazz de 1941 interpretado por un jovencísimo John Coltrane. Dicho tema era el famoso ‘Little Old Lady’, que muchos años antes ya lo hiciera Howard Carmichael con una acogida de público razonablemente bien para un músico que nació en el ochocientos.

 Martha me dio un largo beso en los labios. Noté ese beso distinto al que nos hubiéramos dado tantas veces. Supongo que puede que fuera que estaba condicionado por las circunstancias, tanto exteriores como interiores de mi cabeza.

La orquesta se entregó de lleno en el tema, con una energía que no tardó mucho en contagiar al resto de los asistentes. Martha me volvió a abrazar y empezamos a bailar. Me dijo una cosa al oído que esta vez sí escuché perfectamente: te quiero. Yo no respondí nada y me dejé llevar por la música, que por primera vez en toda la noche empezaba a sonar en mis oídos con algo de interés.

De repente noté cómo Martha dejaba caer cada vez más su mejilla sobre mi hombro izquierdo. Algo no iba bien. Hice amago de separarme de ella y antes de que pudiera preguntarle nada, los ojos de Martha eran del vidrio de los de las muñecas y miraban fijamente al vacío. Me pasé la lengua instintivamente por el labio inferior y aquél sabor me ayudó a comprenderlo todo. Una bocanada de aire con aroma de violetas a modo de rúbrica se encargó de confirmar mis peores sospechas. Dejé el aún cálido cuerpo de Martha, sacudido por espasmos muy suaves, delicadamente sobre el suelo. Y miré hacia todos lados intentando discernir entre la gente algún retazo de su figura, la sedosa rapidez de su pelo huyendo… Había estado delante de mis narices toda la noche y esta era su forma de felicitarme el Año Nuevo.  Por enésima vez yo volvía a ser parte de su juego. La banda comenzó a tocar ‘Old Devil Moon’.  De repente una explosión me iluminó la cara, e hizo que mis pensamientos por un momento se desvanecieran. Después de todo yo había venido a ver los fuegos artificiales.

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