Chamber of Gauf
Beatus Vir Qui Suffert Temptationem
sábado, 21 de enero de 2012
Les Bontemps
Los fuegos artificiales me habían entusiasmado desde pequeño, y creo que esa fue la única razón por la que me encontraba pasando frío en lo alto de un rascacielos, en una azotea adornada con cursis guirnaldas de papel naranja y blanco de tacto horroroso, con la cabeza como un bombo a causa de la copa que tenía en la mano, de la música, y de lo que no era ni lo uno ni lo otro. Siempre había considerado la última noche del año como una excusa fácil para amparar en la alegría y el estruendo catártico de la celebración las más bajas y depravadas pasiones del rebaño de ovejitas luceras que pastaba en el asfalto de Metrópolis. En cierta forma el alcohol de mi copa y el ritmo sureño de la orquesta que Richard Creek y su prometida habían contratado de, según ellos el garito de moda entre la sociedad criolla de Nueva Orleans, atemperaban en cierta forma el frío. Y mi acompañante también, aunque no ayudaba mucho el apetito social que se gastaban los tirabuzones rubios que entraron de mi brazo a la fiesta, y que parecían desesperados por presentarme a todos y cada uno de los invitados a aquella reunión. Todo el jaleo que estaban formando y no llegarían ni a la veintena. Borrachos y pijos.
La azotea era una especie de patio delantero del elegante loft que hacía las veces de nidito de amor a los Creek, situado a una elegante altura de cuarenta plantas y coronando el edificio de la sede central de la Creek&Bontemps Company. Querían hacer una cena de despedida del año, pero ante la negativa de buena parte de los asistentes, y tras comerse la cabeza más de lo que yo lo hubiese hecho, vieron que traía más a cuenta descorchar unas cuantas botellas de Bontemps y ponerlos a todos a pasar frío. Además creo que en su insistencia influyó que hubiesen contratado la banda desde hacía tres meses.
La gente se arremolinaba en grupos con copas en las manos charlando, algunos demasiado animados, sobre temas carentes del más mínimo interés para mí o para cualquier persona que tuviera un mínimo de sobriedad en el pecho. Yo estaba apoyado en la barandilla, mirando hacia abajo, hacia la calle, viendo como las lucecitas de las hormiguitas de allá abajo se apretujaban cada vez más rápido, con el repetido pensamiento de estar con los suyos cuando el año nuevo entrase. Desde allí arriba tenía una falsa sensación de poder sobre aquellas alimañas que iban con prisas con sus crías y las compras de los preparativos para la cena. Pero no tenía lupa, ni rayos de sol que la atravesara, y tenía un dolor de cabeza de esos de campeonato gracias a un grupo de barbies que revoloteaban en mi misma barandilla y se comunicaban entre ellas como auténticos animalitos selváticos. Por lo de animales me refiero a cotorras y no a zorras. Aunque también.
De vez en cuando Martha venía, me daba un beso y me preguntaba que cómo lo estaba pasando. Siempre que empezaba a hablar con ella nos interrumpía la señorita Elisabeth Creek, requiriéndola para una cosa u otra. Y cada vez la chorrada era mayor que la anterior. Supongo que eso era lo que implicaba haber vivido juntas todos los años de la facultad. Esas experiencias unen mucho, pero gracias al de arriba que yo nunca las tuve.
Sin previo aviso, un cambio de viento vino acompañado por un silencio de la banda. Los músicos terminaron de tocar el último tema del año, sudorosos pese al frío, bebiendo ávidos las botellas de cristal con agua que tenían cerca. La cantante se retiró unos momentos para intercambiar unas palabras con el batería. Todos los asistentes se miraron casi al unísono los relojes, y una luz iluminó los rostros de todos los asistentes. Por las manecillas de sus relojes jugueteaban los últimos momentos del año 1940, evaporándose como polillas consumidas por el fuego en pleno vuelo. Faltaba un minuto para la medianoche.
Busqué a Martha con la mirada entre los asistentes, que ya empezaban a prepararse para despedir al año que terminaba en escasos momentos. Me vio y se acercó corriendo, con dos copas de champán vacías para el primer brindis del año. Me abrazó y me dijo algo que no escuché por el barullo que ya empezaba a levantarse como una nube de polvo sobre la azotea del rascacielos donde estábamos. Yo me limité a apretarla contra mi pecho y a apoyar mi barbilla contra su rubia cabeza. Y mi cerebro cansado me volvió a jugar una mala pasada. Me acordé de ella por unos momentos, y un corte frío dividió mi corazón en dos perfectos hemisferios: uno para Martha, y el otro para ella…
Richard se subió al escenario y pidió la atención de los presentes. Caras sonrientes. Cuenta atrás.
Cinco
Había pasado tanto tiempo…
Cuatro
Estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado…
Tres
Solo entre toda una multitud de gente
Dos
Tan cerca y tan lejos de la persona a la que tenía cogida de la mano
Uno
Te…te necesito
Una explosión orgásmica de júbilo estalló de repente como una bomba de serpentinas y confeti. Gritos y felicitaciones empezaron a llenar el aire, como las burbujas del champán que empezaba a llenar las estilizadas copas, que se vistieron de oro brillante, en perfecta comunión con las notas escurridizas y potentes del primer jazz de 1941 interpretado por un jovencísimo John Coltrane. Dicho tema era el famoso ‘Little Old Lady’, que muchos años antes ya lo hiciera Howard Carmichael con una acogida de público razonablemente bien para un músico que nació en el ochocientos.
Martha me dio un largo beso en los labios. Noté ese beso distinto al que nos hubiéramos dado tantas veces. Supongo que puede que fuera que estaba condicionado por las circunstancias, tanto exteriores como interiores de mi cabeza.
La orquesta se entregó de lleno en el tema, con una energía que no tardó mucho en contagiar al resto de los asistentes. Martha me volvió a abrazar y empezamos a bailar. Me dijo una cosa al oído que esta vez sí escuché perfectamente: te quiero. Yo no respondí nada y me dejé llevar por la música, que por primera vez en toda la noche empezaba a sonar en mis oídos con algo de interés.
De repente noté cómo Martha dejaba caer cada vez más su mejilla sobre mi hombro izquierdo. Algo no iba bien. Hice amago de separarme de ella y antes de que pudiera preguntarle nada, los ojos de Martha eran del vidrio de los de las muñecas y miraban fijamente al vacío. Me pasé la lengua instintivamente por el labio inferior y aquél sabor me ayudó a comprenderlo todo. Una bocanada de aire con aroma de violetas a modo de rúbrica se encargó de confirmar mis peores sospechas. Dejé el aún cálido cuerpo de Martha, sacudido por espasmos muy suaves, delicadamente sobre el suelo. Y miré hacia todos lados intentando discernir entre la gente algún retazo de su figura, la sedosa rapidez de su pelo huyendo… Había estado delante de mis narices toda la noche y esta era su forma de felicitarme el Año Nuevo. Por enésima vez yo volvía a ser parte de su juego. La banda comenzó a tocar ‘Old Devil Moon’. De repente una explosión me iluminó la cara, e hizo que mis pensamientos por un momento se desvanecieran. Después de todo yo había venido a ver los fuegos artificiales.
lunes, 30 de agosto de 2010
What a thrill...

No recuerdo si fue Borges bajo la luz de la Cabalah el que dijo que la esencia de las cosas se encuentran en su nombre mismo: la palabra 'rosa' contiene todo el ser, toda la información sobre dicha flor. El término 'rosa' estaba formada por todas las rosas del mundo, las que existieron, existen y existirán.
Eso fue lo que se me pasó por la cabeza cuando volví a ver, después de años sin saber de ella, a la señorita Rachel Jung. Su apellido hacía justicia: la mente humana no tenía secretos para ella, o al menos eso era lo que parecía que quisiera dar a entender como estrategia intimidatoria. Desde bien pequeña sus padres se dieron cuenta que poseía una inteligencia inusual, una especial habilidad para ganarse a todo el que la rodeara, una empatía de la que ella no era consciente, pero que supo ir usando para ir consiguiendo lo que ella deseaba. Pese a los posibles visos de crueldad que a priori podrían intuirse, era su inteligencia el cochero que no soltaba las riendas de esos caballos instintivos y poderosos. A ella le debía todo su éxito en la vida. Había sabido jugarse sus cartas muy bien, subirse al tren preciso en el momento oportuno.
Lo dicho, era una mujer peligrosa, no por el hecho de haber nacido bajo el sexo de Venus, ni porque su talento natural para leer las mentes de los demás había sido perfeccionado con un Máster de psicología del comportamiento en la Universidad de Colate, en Metropolis City. Además, era una experta ejecutora. Si, si, sin ningún tipo de connotación: su trabajo consistía en matar de la forma más aséptica posible a las personas que yo le indicaba. Y que le indiaban otros. Porque era, ¡pásmese! bajo cuerda, cuando nadie la veía, en su oculta e individual intimidad, una asesina a sueldo, una 'killer' en toda regla, salida de una película en blanco y negro. Ella no pertenecía a nadie, era como la Muerte, libre, independiente, fría, sin ataduras por nada ni hacia nadie...y sensualmente letal. Eso era lo que me atraía y me repulsaba de ella.
Entró en mi despacho sin llamar, como tantas veces. Un vestido largo y negro, abierto por la pierna izquierda, que parecía querer imitar el color de sus largos cabellos negros , unos zapatos de tacón imposible y unos labios color Crimson Lake eran parte de su muy cuidada imagen. El resto era su serena belleza centroeuropea, sus modales parisinos, su humor inglés, su impulsividad mediterránea, así como un cuerpo cincelado por manos divinas. 'Todo está en orden en el Universo ahora. Hablé con él y vio que beberse el veneno él mismo era la mejor de las opciones. Salíamos ganando los dos', dijo ella sentándose y apartándose su larga melena a un lado...'¿Tengo el pelo bien, Angelinno?' Ella era una de las pocas personas que no se referían a mi por Angelo. Algo de especial había que tener, después de todo, nuestra amistad se perdía en la memoria, pese a que ambos sabíamos que en otra época peleamos en bandos contrarios y, en cierta forma, llegamos a odiarnos. Sin embargo de aquello hacía mucho tiempo, tanto que olvidados quedan los motivos de ese odio. No existe diferencia alguna entre el perdón y el olvido, pues son la misma cosa.
'Está pefecto. Pero dime, ¿sufrió mucho?' Sonrió y se inclinó hacia delante.'¿Por qué tanta curiosidad? Sabes perfectamente que acordamos que podía no contestar a aquellas preguntas que yo considerara improcedentes: yo sólo cumplo mi trabajo'. Su cara se ensombreció por unos momentos. Su carácter... Enseguida sonrió de nuevo, 'Quiso sobrepasarse conmigo, pero no sabía que en el bolso llevo algo más que un puñado de caramelos y el maquillaje',dijo, guiñándome un ojo. 'No me gustan esa clase de mamoneos; un paquete de pipas, siempre que invite él, y ya puede darse por satisfecho'.
Me estremecí en mi asiento: ciertamente su belleza era intimidadora, pero sabía dar en la fibra que más duele, sabía arrancar la nota adecuda del alma del que tuviera enfrente. 'Y otra cosa. Me he enterado por los pasillos que cierta gente me llama ASS: Asesina Sigilosa y Sexy. Espero que no estés tú detrás de esto, por que si no..' Se levantó, y empezó a caminar hacia la puerta, como ofendida. 'Si no, ¿qué?' Se volvió, con cara soprendida ante mi repentina insolencia. Su rostro tenso se relajó de repente, esbozando una cálida sonrisa. 'Sabes que nunca podría hacerte nada, Angelinno' Sonreí también, aliviado en cierta forma, pero aun sabiendo que al pronunciar esas medidas palabras mentía. Abriendo la puerta se giró y me lanzó un beso. Un sonoro portazo me hizo volver en mí. Miré el reloj. Eran las tres menos cuarto de la madrugada. Si el discípulo de Freud la hubiese conocido, habría cambiado el péndulo por aquellos hipnóticos andares.
Miss Rachel Jung's Theme - http://www.goear.com/listen/178600f/snake-eater-metal-gear-3
domingo, 22 de agosto de 2010
Bloody Christmas

Uno... dos, tres...cuatro, cinco, seis...
¿Pero qué has hecho, loco?
...siete, ocho....nueve....mierda...diez, once..doce...
Lo que ves.
...trece...catorce, quince, dieciseis....diecisiete...
Ya no me acuerdo de nada, sólo que todo fue de colores
...dieciocho, diecinueve...veinte, veintiuno, veintidos....
¡Estás loco!...Nos has metido en un lío
¿De verdad?
...veintitres........veinticuatro.
Dios...lleva encima dos cargadores enteros...¿Era necesario? Seguro
¿Pero qué has hecho, loco?
...siete, ocho....nueve....mierda...diez, once..doce...
Lo que ves.
...trece...catorce, quince, dieciseis....diecisiete...
Ya no me acuerdo de nada, sólo que todo fue de colores
...dieciocho, diecinueve...veinte, veintiuno, veintidos....
¡Estás loco!...Nos has metido en un lío
¿De verdad?
...veintitres........veinticuatro.
Dios...lleva encima dos cargadores enteros...¿Era necesario? Seguro
viernes, 13 de agosto de 2010
El comienzo

Aturrulladas conversaciones con nerviosos sorbos de humeante y amargo café. Ambiente colapsado por el humo que salía de los cigarros sujetados entre los sudorosos dedos. Cables, muchos cables. millares de lucecitas de colores y botones sobre paneles grises y negros. Última ojeada a los desordenados y manidos folios sobre la mesa. En 20 segundos estamos en el aire. Últimas sonrisas, últimos comentarios. Tres, dos, uno... Un 'ON AIR' rojo inundó de luz un rincón del estudio de radio.
El locutor daba la buenas noches a los oyentes; Michael White era toda una eminencia en el periodismo de investigación esotérica. Cierto es que a lo largo de su carrera, muchos lo habían tachado de sensacionalista, de inventor de fantasías, de ilusionista, de soñador...sin embargo, el lo veía todo de otra manera: muchos fenómenos paranormales que había presenciado, algunos de los cuales había ayudado a su resolución; contaba con infinitud de contactos muy respetados en el mundillo de lo misterioso; había incluso llegado a presenciar, invitado por el propio Papa Juan Pablo II al exorcismo de una joven el domingo de ramos en Roma, en 1982.
Introdujo una cortinilla musical, al tiempo que se quitaba los cascos y los bajaba en torno a su cuello. 'Primero te presentaré a ti, Marcus, hablas un poco acerca del tema. Después será el turno de Leno, y hacemos igual. Por último presentaré al Padre Gantt, que se encuentra en los estudios de Capital City' Marcus y Leno asintieron, con los cascos puestos. Eran las 1 de la mañana y fuera del estudio hacía un frío desolador pero estaban muy despiertos, nerviosos de salir por la radio, de saber que sus testimonios irían mezclados en los herzios que serían escuchados por multitud de aparatos de radio. Michael, se volvió a colocar los cascos, le dio una larga calada a su cigarrillo y esperó la señal del realizador al otro lado del cristal.
'El tema de esta noche, queridos radioyentes, es un tema que se remonta, casi podríamos decir, a la noche de los tiempos, cuando los primeros humanos vivían aún en cavernas, cuando todavía no sabían de las técnicas de cultivo y tenían que cazar titánicas bestias que les proporcionaran comida, ropa y utensilios hechos con hueso. En ese albor de la civilización empezaron los humanos a soñar, y vieron manifestaciones de la deidad en los fenómenos de la naturaleza: el dios del rayo, el del aire, las ninfas del agua, la diosa madre Gaia; pero con los sueños, también surgen perversiones y desde lo más profundo del incosciente colectivo nacieron, agazapadas, las pesadillas... Como decía, descendientes de aquellas tribus milenarias todavía existen en la actualidad, en el corazón de África: tribus que apenas si han variado sus formas de vida, sus costumbres, sus creencias, desde aquellos lejanos tiempos. Esta noche vamos a tratar en nuestro programa una creencia muy peculiar pero que se repite en muchas tribus centroafricanas: el mismo mito, distintas tribus, en la mayoría de las ocasiones, separadas unas de otras por cientos de kilómetros. Hablamos del mito del Ghé...'.
En los cascos se podía escuchar una voz en off que explicaba lo que era la figura del Ghé. 'En Occidente desde hace más de dos mil años, el plano sobrenatural y místico ha estado habitado por dos entidades: Dios, personificación del Bien, deidad protectora del género humano, que profesa un Amor infinito a Su Creación; en el otro lado de la balanza, el Diablo, el de las mil caras, el conspirador, el ángel más bello, caído por su orgullo...En Oriente podemos establecer una clasificación similar de entidades buenas y entidades perversas (los juguetones djinni, el perveso Iblis, el murmurador al-waswās...). Sin embargo, en las tribus más antiguas, no sabemos porqué extraña razón, la figura benévola del dios creador ha desaparecido, dejando sólo lugar para la existencia de espíritus malvados. Espíritus que en muchos casos comparten multitud de similitudes, por lo que los expertos no han tardado en declarar que son manifestaciones de un único ser demoníaco: El Ghé'.
El señor White dio otra larga calada a su cigarro, y, acercándose al micrófono, sus palabras parecían convertirse en el humo que dejaba escapar lentamente de su boca. 'El Ghé, como hemos escuchado, un ser demoníaco, un ser de las tinieblas que interactúa con el plano físico real...Para hablar sobre este tema, contamos esta noche con la inestimable presencia de tres hombres, tres grandes expertos en el Ghé. En primer lugar, le doy las gracias por estar esta noche aquí con nosotros a Marcus Phoenix, ex-comandante del Ejército, prisionero de guerra durante 15 años, y una de las pocas personas en el mundo que ha tenido la oportunidad, la gran suerte, de poder ver, no sé si al propio Ghé, pero sí al menos algunas de sus manifestaciones, ¿no es así, señor Phoenix?'
Marcus, tomó aliento y se acercó al micrófono. Su espesa barba negra cubría su rostro lleno de cicatrices y tostado bajo el sol día tras día. Su mirada, cansada pero sedienta de emociones, mostraban a un veterano aunque joven mando, que había trabajado durante muchos años para una subdivisión especial y secreta de la ONU. Ahora, tras su retiro forzoso, dedicaba su vida a la formación de los jóvenes que decidían subir de escalafón en la dura y quasi inamovible jerarquía del 5ª División Estratégica para la Paz de las Naciones Unidas. Una camiseta de manga corta verde con un escudo, una cazadora pasada de aviador marrón que reposaba en el respaldar de su silla, unos vaqueros regastados y unos tenis grises cubrían al corpulento y alto cuerpo del ex-combatiente 'Efectivamente Michael. Le puedo asegurar que a principio de los 90, mis hombres y yo nos enfrentamos a algo que no era de este mundo, que después supimos que era una manifestación de lo que los nativos llaman Ubuntu Ghé, que en lengua aborigen quiere decir "Aquello que es Oscuro y Terrible" Estábamos brindando apoyo a una misión humanitaria en una aldea al norte del desierto de Chalbi, a orillas del lago Turkana, un descargo de medicamentos y alimentos en un campo de refugiados, víctimas de unas de las muchas guerras civiles que sacudieron las fronteras del país desde finales de la Descolonización'.
Michael se revolvió en su asiento. Sus ojos estaban inflamados con aquella curiosidad que le había hecho hacer a lo largo de su vida cosas impensables. 'Cuéntenos exacatamente que es lo que pasó entonces'.
'Como he dicho, me encontraba dirigiendo las operaciones militares de seguridad en esa zona del norte del país, cuando de repente uno de los soldados cayó desmallado al suelo. Se me comunicó el incidente y di las instrucciones pertinentes para solucionar un caso de lo que pensamos en primera instancia, de desvanecimiento ocasionado por el sol y la deshidratación. El soldado en cuestión fue llevado al hospital de campaña y allí se le administró suero. Más tarde, esa misma mañana, me comunicaron que el paciente se agitaba violentamente, haciendo alarde de una fuerza sobrehumana: entre 7 hombres no pudieron retenerlo en el lecho donde debía reposar por mandato del médico militar. Me presenté personalmente en el hospital de campaña y el espectáculo fue aterrador: un soldado, retorciéndose en el suelo, haciendo diabólicas piruetas, giros, contorsiones, con los ojos cerrados, expresión de dolor en el rostro. Me acerqué al soldado y le pregunté si estaba bien. Al oir mi voz, el cuerpo quedó quito en el suelo, como si acabara de darle un infarto. Enseguida estaban atendiéndolo los dos médicos que había en la misión. No tardaron en confirmarme mis más temidas sospechas: el soldado cuyo nombre no tengo permitido decir en antena, acababa de fallecer de una parada cardíaca. Con ello, empezamos a preocuparnos, pensando que más soldados estarían aquejados de la misma dolencia. Las fiebres o lo que quiera que matara a aquel soldado se iba a cebar con toda la compañía. Decidimos salir de la tienda, y les aseguro que, pese a que era antes del mediodía, se hizo, literalmente, de noche. El cielo pasó a lucir infinidad de estrellas, la luna en cuarto menguante. El pánico cundió entre todos los presentes, perplejos ante aquél prodigio celeste. En un primer momento, numerosas voces se alzaron diciendo que era un eclipse total de sol. Encendimos algunas antorchas y las repartimos entre los presentes. Cogiendo una, corrí al puesto de radio y pregunté si había algún eclipse de sol fijado para aquel día, a aquella hora, en aquella zona. La contestación que me dieron por radio fue clara y desconcertante: '¿Pero de qué está hablando? Nos encontramos a escasos 20 km de su campamento y hace un sol de justicia' Nada cuadraba en mi mente. Al alboroto de los soldados que se econtraban fuera de las tiendas se unió uno mayor, procedente del hospital de campaña. Corrimos hacia allí, pero más nos hubiera valido haber tropezado por el camino habernos partido ambas piernas antes de ver lo que vimos.'
'Al llegar, un círculo de soldados, alarmados por las voces del resto de enfermos que se encontraban encamados en los jergones del hospital de campaña se situaban en torno al cadáver del soldado que falleció aquella mañana. El soldado que yacía muerto en el suelo, decían, había abierto los ojos instantes antes de que la luz solar nos abandonara. Me acerqué con el improvisado hachón y la cara del muerto quedó iluminada. Efectivamente, tenía los ojos abiertos de par en par, la boca levemente abierta, dejando caer un hilillo de saliva por la comisura de la boca. No me pregunten en qué me basé para llegar a la conclusión de que todo, la noche repentina, la enfermedad y muerte del soldado, todo estaba relacionado. Ordené que llamaran a los médicos, pues alguien comentó que podría haberse tratado de un episodio de apnea, pero que posiblemente ya se le hubieran restablecido las constantes vitales y el ritmo respiratorio. Todavía no habían llegado cuando, de improvisto, los ojos del soldado se volvieron blancos y, juro que lo escuché y lo escuchamos todos, dió un enorme grito que aterró a todos los prsentes: lo que dijo fue algo parecido a "PAPAR-PAPAR" para caer desplomado en el suelo, otra vez los ojos cerrados, otra vez el cuerpo exánime.'
'Ni en las peores pesadillas del más retorcido de los enfermos mentales habría tenido cabida el fantasmagórico espectáculo que vino a continuación: la tienda donde se encontraba el hospital de campaña se llenó, de repente, de lo que comúnmente se denominan espíritus, fantasmas, almas en pena...todas agitándose en círculos, como si un inexistente viento huracanado las gobernara, mezcladas con sombras, con lenguas de fuego, sombras y más sombras: las sombras estaban vivas, proferiendo gritos de dolor, alaridos, aullidos salidos de las tumbas del desierto. Con todo, no hubo viento ninguno dentro de la tienda, pues los fuegos de las antorchas no se movieron lo más mínimo, y gracias a eso pudimos contemplar estos pasmosos delirios. Todos los presentes, incluído yo, caímos a tierra, horrorizados ante tan macabra visiones, tapándonos los oídos y llorando, llorando desconsoladamente, llorando como el niño que ha creído ver un fantasma a través de la ventana. Nosotros lo vimos, y eran legión. Tan dantesco espectáculo duró muy poco tiempo, no creo que llegase al medio minuto, aunque a los asistentes nos pareciera eterno. Tal y como aparecieron, desaparecieron. La tormenta de gritos y alaridos ensordecedores, de repente, cesó: aquellas fantasmagóricas visiones se esfumaron, desaparecieron...Una vez pasó todo, la luz del sol volvió a iluminar la tienda a través de la lona del techo, y fue de dia otra vez. Les cuento la verdad, lo que estos ojos vieron, para que lo sepan los oyentes de su programa, para que sepan que existe algo, algo malo.'
Michael White no había perdido detalle y había seguido la narración de Marcus con una gran atención, tomando nota de rato en rato, a veces entornados los ojos, como intentando escrutar la mente del militar, como si intentara sacarle más información, como si hubiera algo que no hubiera dicho. 'Interesantísimo y escalofriante relato el suyo, Marcus' Marcus asintió con la cabeza. 'Sin embargo quisiera hacerle una pregunta, que probablemente algunos de nuestros oyentes se la estén haciendo: ¿Qué arrojó la autopsia del soldado?'
Marcus cerró los ojos un momento, y con los ojos cerrados, sus palabras se oyeron altas y claras, cargadas de una contundente desazón: 'Nunca encontramos el cuerpo'.
El relato de Marcus estremeció sin duda alguna a cuantos sintonizaron la radio aquella noche en el 878.5 de la frecuencia modulada. Micheal vio la necesidad de hacer una pausa de publicidad, tras la cual, y una vez que el ambiente volviera a un cierto estado de sosiego, podrían seguir dando sus testimonios. 'Impresionante historia, Marcus, de verdad. Hubiera dado lo que fuera por haber estado con usted en aquél momento'. Marcus, con la serenidad de un curtido perro de guerra, sonrió. 'Créame, amigo, yo digo lo mismo que usted pero en sentido inverso'.
Empezó a nevar fuera de los estudios de la KH Network en Metrópolis, mientras tanto, dentro, el realizador - un hombre de pelo cano y camisa hawaiana - le daba la señal a White de que iban a volver al directo en 3, 2, 1. 'Tras esta corta pausa publicitaria, seguimos hablando del tema de esta noche: el Ghé. Ahora contamos con la colaboración de un especialista de reconocida labor en temas sobrenaturales, perteneciente a una familia de renombrados exorcistas y combatientes de las sombras desde hace siglos. Buenas noches, Leno Belmont'.
El mero hecho de portar aquél apellido ya tenía ciertas oscuras connotaciones, pues se decía que la familia Belmont existía por y para el exterminio de las Fuerzas del Mal en la Tierra. Conocida es por todos la leyenda que vincula a antiguos miembros de su familia con el mísmisimo Conde de Transilvania, pero nunca nadie ha sabido si esa lucha contra Vlad Tepes ha sido más una leyenda medieval, un cuento de viejas, o si por el contrario se ha venido dando desde la Alta Edad Media.
'Debido al celo con que todos los Belmont en lo que se refiere a los asuntos que normalmente tratan, quiero ante todo darle las gracias a Leno y a su hermano Julius, que no ha podido estar hoy aquí por encontrarse de viaje por el archipiélago japonés'.
Leno, asintió con la cabeza. Pese a su corta edad, el benjamín del clan de matadores de vampiros parecía ser mayor, mucho más mayor que el resto de los chavales de su edad. Entrenado desde bien pequeño en la lucha con toda clase de armas por mandato del patriarca de la familia, nunca supo lo que era jugar con otros niños de su edad. En sus ratos libres o cuando no estaba entrenando, de dedicaba al estudio de antiquísimos volúmenes de magia blanca y negra, bestiarios, libros de astronomía, de amuletos, libros de saberes prohibidos, demoníacos...El Necronomicón y el Martillo de Brujas eran sus preferidos.
La seriedad y arrogancia del joven Belmont se hizo patente desde el primer momento. 'Hace tres años, me encontraba en el Bajo Egipto resolviendo cuestiones personales. Tuve que visitar algunos templos egipcios abandonados en mitad del desierto. Fue un viaje movidito, debido a la terca insistencia de los ladrones de tumbas: organizaciones enteras dedicadas al saqueo de antigüedades, sin respetar nada ni nadie ¡Cuántas reliquias de incalculable poder y valor se han perdido para siempre en las arenas del desierto! Como decía, estando allí oí hablar a los beduinos del desierto, con los que pasé largas temporadas, de la existencia de un Demonio del Desierto, al que denominaban Ghennikha o Dahaka. Hablaban también de regiones lejanas al sur donde estaba el lugar donde habitaba: Ghenhîah, lo que actualmente correspondería con el país de Kenia...Nótese la semejanza lingüística entre ambos términos /kenya/ y /ghenia/. El caso es que hacían mucho hincapié en representarlo como una figura humanoide y negra, salida de las mismas arenas del desierto, con cornamenta, al modo del Diablo cristiano. Para ellos representaba la Maldad de las Arenas'.
'Cuando regresé del viaje, me dediqué a buscar toda la información que supiera sobre aquella bestia surgida del mismísimo corazón del desierto. Certifiqué, con algunas pequeñas variaciones, todo lo que los beduinos me contaron acerca de dicho ser, pero aun así quedan insondables lagunas, páginas arrancadas de antiguos grimorios. Me dediqué un año entero a viajar por toda Europa, recorriendo las bibliotecas de las grandes ciudades: siempre encontraba algo, pero ese algo siempre era impreciso, una vaga referencia hasta que encontré una pista en la biblioteca de Praga que me sirv..'
'Lo siento muchísmo, señor Belmont, pero tiene que comprender que el programa se está alargando demasiado y todavía no ha aportado nada el Padre Gantt', Michael interrumpió a Leno. 'Termine brevemente y pasamos al último invitado'. El orgullo de Leno le hizo quitarse los cascos, ponerlos encima de la mesa dando un golpe, y quedarse de brazos cruzados, con los ojos clavados en los de Michael. 'Bueno, creo que eso es todo por parte del señor Belmont'. Leno era orgulloso, pero dentro de las paredes del estudio, su valía y su renombre de nada servían: estaba en los dominios del profesor White, y él era más viejo que aquél niñato maleducado, por lo que le debía un respeto.
'Padre Gantt, buenas noches'. El padre Daemon Gantt era un misionero que dedicaba, al igual que Michael, parte de su tiempo y sus esfuerzos en estudiar lo oculto. Sin embargo sus fines eran más piadosos: exterminando el Mal haría más grande y limpia la Creación. Él se enfrentaba al Mal como un instrumento de Dios, Él le había dado las cualidades y las habilidades innatas necesarias para doblegar, en Su Nombre, todo resquicio de maldad.
'Buenas noches, Michael, viejo amigo' Diciendo esto, el padre Gantt se colocó sus extrambóticas gafas y se arregló el traje de lino naranaja que había elegido para la ocasión. 'Aunque no pueda verte por econtrarme en Capital City, tengo que hacerte una visita a Metrópolis'. 'Claro que sí, Gantt, tenemos pendiente el café de la otra vez', rió a carcajadas el locutor.
'Bien, yo quiero cerrar tu programa de esta noche con algo espero que resulte espectacular. Dispongo aquí donde me encuentro de los materiales necesarios para establecer contacto con el protagonista de tu programa...voy a invocar al mismísimo Ghé, aquí en directo, para ti y para todos tus oyentes.'
'¿Eso que dices es verdad, colega? ¡Señoras y señores, esto es algo inédito en radio! Vamos a invocar la presencia, para que podamos escucharla, y si podemos, entablar algún tipo de comunicación con el mismísmo Ghé'
Marcus, que lo había oído por los cascos, increpó 'Con todos mis respetos, señor Gantt, pero en primer lugar dudo mucho que usted disponga de los objetos necesarios para invocar a la Bestia del Desierto' Al escuchar estas palabras de su compañero de mesa, Leno dió un bote en su asiento y se enfundó los cascos en las orejas '¡Deténgase, Gantt, en nombre de la Luz! No dispone de las medidas de seguridad adecuadas para invocar a ningun ser extracorpóreo, y mucho menos a la Sombra Negra. Déjese de fanfarronadas y deje esas cosas en manos de los profesionales: usted limítese a decir sus misas los domingos y ayudar a los pobres como manda su Iglesia...'
Una leve risilla venía del otro lado de los cascos...'Ya lo he invocado'
La emisión se cortó justo en este punto, dando paso a una música de espera que se escuchó en todos los aparatos de radio de todo el país.
domingo, 1 de agosto de 2010
martes, 27 de julio de 2010
Reflexión insomne nº 1
viernes, 16 de julio de 2010
En el fin de la luna de xabán del año 158, el aire del desierto estaba muy claro y los hombres miraban el poniente en busca de la luna de ramadán, que promueve la mortificación y el ayuno. Eran esclavos, limosneros, chalanes, ladrones de camellos y matarifes. Gravemente sentados en la tierra, aguardaban el signo, desde el portón de un paradero de caravanas en la ruta de Merv. Miraban el ocaso, y el color del ocaso era el de la arena.
Del fondo del desierto vertiginoso (cuyo sol da la fiebre, así como su luna da el pasmo) vieron adelantarse tres figuras, que les parecieron altísimas. Las tres eran humanas y la del medio tenía cabeza de toro. Cuando se aproximaron, vieron que éste usaba una máscara y que los otros dos eran ciegos.
Alguien (como en los cuentos de las 1001 Noches) indagó la razón de esa maravilla. Están ciegos, el hombre de la máscara declaró, porque han visto mi cara.
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